Historia de una pandemia según Sheila – Parte 2

Seguimos con nuestra saga de relatos en la que os contamos por qué hemos estado tan despegados de la bolsa estos meses desde que nos mudamos a Málaga. Y lo hacemos con la segunda entrega según Sheila.

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Si te acabas de incorporar, échale un vistazo a la entrega anterior para saber de dónde venimos.

historia de una pandemia 3

Sin más dilación, os dejamos con Historia de una pandemia 2 según Sheila.

En anteriores episodios de Historia de una pandemia:

  • Un regalo gafado.
  • Estoy en plena búsqueda de trabajo en nuestra nueva ciudad.
  • Mi primera entrevista de trabajo y no soy seleccionada.
  • Una academia conocida de Málaga cuenta conmigo para empezar en Marzo con ellos.
  • Ilde no tarda en ver el caos que reina en su nueva empresa.
  • Recibo una llamada de teléfono de Ilde.

«Me extrañó que me llamara en horario laboral. Lo cogí y me temí lo peor cuando escuché: «Sheila, tengo miedo».»

Un jarro de agua fría

«¿Por qué? ¿Qué ha pasado?» Me desvié y entré en un callejón para poder escucharlo bien. Le noté una voz temblorosa y hablaba muy bajito. Su manager fue despedida y eso puso a Ilde en alerta. Por lo visto esta tuvo discrepancias con la dirección de la empresa y la habían echado apenas unos minutos antes. Ilde pensaba que él sería el siguiente.  Yo no veía o no quise ver que su puesto peligraba. ¡Qué ilusa de mí!

A la mañana siguiente, me fui al gimnasio temprano como solía hacer cada mañana. Cuando salí, vi otra llamada perdida de Ilde. Dos llamadas desde el trabajo en dos días consecutivos. Esto no era normal. Le devolví la llamada, y se confirmaron sus sospechas. Me dijo que estaba entrando en casa. Lo habían despedido.

No me lo podía creer. Corrí, corrí muchísimo de camino a casa. Solo quería llegar y ver cómo estaba. Tenía un nudo en la garganta que me presionaba. Mientras corría se me pasaban mil cosas por la cabeza. Habíamos dejado una vida en otra ciudad por conseguir nuestro sueño, una vida cómoda, dos trabajos y ahora estábamos en Málaga y sin nada. Corrí, corrí hasta que no pude más. Subí hasta nuestra tercera planta y cuando entré en casa me encontré a un Ilde devastado. Sentado en el sofá con la cabeza gacha entre sus manos.

Quise llorar. Los que me conocen saben que soy muy llorona, lo cual no era algo significativo en mí. Pero sí, tenía mil ganas de llorar, pero no me parecía justo para Ilde. ¡El que había perdido el trabajo era él! Él necesitaba que yo fuera fuerte en ese momento.

Manos a la obra

Dejé que me contara todo lo que había sucedido. Quise que se sintiera arropado. Yo estaba ahí con él y lo estaría y estaré siempre que me necesite.

Acto seguido, después de la hostia de realidad que la vida nos acababa de dar, teníamos que ponernos manos a la obra. Tenía que ser práctica en ese momento. No había tiempo para lamentaciones. Así que cogimos cita en la oficina del INEM. ¡Cuánto antes solicitara el desempleo, mejor! Saldríamos adelante.

Yo empezaba en Marzo en la academia. Y sí, lo cierto es que no serían muchas horas, pero por algo se empieza. Además, seguro que él no tendría problemas en encontrar otra cosa. Desde que lo conozco siempre he visto como recibía llamadas de recruiters. Estas se daban con tanta frecuencia que ahora no iba a ser menos.

Solicitamos la prestación, y la chica nos dice que al tratarse de Gibraltar el proceso podría tardar unos meses. «¿Unos meses?» pregunté desesperada. «¿Cuántos meses? ¿Dos, tres o doce?» No recibimos ninguna respuesta clara. Ya empezábamos…

Mientras tanto, Ilde se puso a buscar trabajo desde el primer momento. Parece que hay más empresas en Málaga de las que pensábamos. Malo será que ninguna vea lo que vale y valore su experiencia y lo profesional que es.

No tarda en tener entrevistas. Y a los pocos días hace una entrevista para una empresa en Marbella. Salió de ella con un subidón. Le gustó la empresa y lo que era mejor, parecía que encajaba en varios puestos ya que están creciendo y contratando a gente. El martes siguiente le haría directamente una oferta. Tal era nuestra alegría que ya lo veíamos trabajando allí.

Finalmente, resultó ser el cuento de la lechera. El dueño de la empresa demostró ser un impresentable y que su palabra no valía nada. Entiendo que las situaciones cambian y en un momento dado decides no contratar a alguien al que le has dicho que sí. No obstante, si te comprometes a dar una respuesta, sea cual sea, hazlo. No sabes la situación que puede estar viviendo la otra persona y que una respuesta tuya puede ayudarle a cerrar página y seguir con otra cosa.

Por otro lado, gracias a la charla que dimos en febrero en la Universidad de Málaga contactan conmigo para proponerme un proyecto de traducción. Sería colaborar en la traducción al español de un libro de inversión con dos grandes de esta comunidad nuestra. Yo nunca había hecho algo así y lo cierto es que me daba algo de miedo. Pero pensé que sería una buena oportunidad de probar esa experiencia y agradecer que contaran conmigo para dicha tarea. Así que acepté.

¡Ojo virus!

Llega marzo y comienzo a trabajar. Tengo niveles solo intermedios, pero igualmente estoy a gusto. Me siento bien y sé que cuando salgan más clases serán para mí. No tardo en demostrar que pueden contar conmigo para lo que sea. Una sustitución de última hora, improvisar una clase… Me adapto a todo.

En los pasillos de la academia puedo escuchar como hablan del tema del Coronavirus. ¡Parece que han cancelado la Semana Santa! Hay algo de revuelo y nos indican que tenemos que desinfectar toda la clase entre una hora y otra. De repente todo el mundo se lava las manos a cada instante y la academia huele super fuerte por los productos desinfectantes.

Un jueves 12 de marzo acabo mi jornada y me voy a casa. Quizás tenga que sustituir el sábado por la mañana a una profesora. Pero esa sustitución nunca se dio. El viernes 13 nos informan de que tendremos que dar clases online como forma preventiva a la situación que estábamos viviendo. Igualmente, ya el mismo viernes se hablaba de un posible confinamiento del país. El sábado recibo un WhatsApp en el que me dicen que estoy despedida como la mayoría del profesorado de la academia (una veintena).

No me podía creer que yo también me quedara sin trabajo. Y todo pintaba que la cosa no remontaría antes de finalizar el curso escolar. «Bueno, son 2 semanas» decía la gente. Ilde sostenía desde el primer momento que no saldríamos a la calle ni pasados 2 meses. Y es que se veía venir.

Buscarnos la vida

En pleno confinamiento y yo también parada, decidí hacer un curso online. Al mismo tiempo, empecé con la traducción del libro. Tenía una rutina marcada y la mente ocupada.

Ilde por su lado descubrió gracias a un seguidor nuestro el mundo de la creación de webs para monetizarlas y así buscarnos la vida mientras tanto. Seguía buscando trabajo pero con la nueva situación todo estaba paradísimo. Y del paro aún no había noticias.

Unas semanas más tarde, yo me uní a él en esa tarea de crear webs. Al principio, incluimos los nuevos conocimientos de SEO en la web. Muchos de los que nos leen no entendían por qué lo hacíamos y fuimos fuertemente criticados. Eso tampoco nos ayudó ya que anímicamente lo estábamos pasando regular. Pero también hubo muchos gestos de cariño en emails y mensajes privados. Esos nos ayudaban a seguir con lo que estábamos haciendo.

La creación de webs nos llevaba mucho tiempo. Para mí se convirtió en casi una obsesión. La mañana la dedicaba a la traducción del libro y además a algo de las webs junto a Ilde. Parábamos a comer, descansábamos una hora y de nuevo a buscarnos la vida escribiendo artículos y creando webs. Solíamos dedicarle toda la tarde, hasta que anochecía.

Sentía que si paraba y descansaba estaba perdiendo el tiempo. Tenía que seguir para ser productiva. No veíamos resultados inmediatos del trabajo que estábamos haciendo por lo que solo nos quedaba seguir trabajando duro y a ver si teníamos suerte de generar algún ingreso extra. Cuanto más trabajara en las webs, más probabilidad de éxito habría.

¿El dinero no da la felicidad?

No pretendo abrir debate con esta cuestión. Mi madre respondería a esta pregunta con un no rotundo. Para ella no, el dinero no da la felicidad. Mi padre en cambio discreparía totalmente. Lo que yo sé es que si el dinero no da la felicidad, algo sí que ayuda. Y es que ya no se trataba del dinero en sí. Aunque también porque no estábamos ingresando nada más que mi paro (¡de risa!) y los dividendos (¡benditos dividendos!). Sino que entraba en juego la incertidumbre que nos generaba la situación. No sabíamos cuando acabaría el confinamiento, cuánto tardarían las empresa en empezar a contratar y cuándo encontraríamos trabajo.

Nuestro estado de ánimo iba y venía. Cuando uno de los dos estaba mal, el otro intentaba animarle y viceversa. Y es que bueno, no todas las webs iban a ser un fracaso ¿no? Yo solía repetir como un mantra eso que siempre dice mi mejor amiga, «todo pasa por algo». Y bueno, me repetía constantemente «¿y si estamos viviendo esto porque nos espera algo mejor?» Pero no podía evitar sentir como nuestro mundo se desmoronaba.

Sí, no nos faltaba de nada. Nos respaldaba el colchón de seguridad y una buena cartera de inversión. Pero ¿hasta cuando viviríamos así? El dinero se agota con el tiempo evidentemente, y me daba pánico pensar que un futuro aunque sea lejano, tuviéramos que tocar la inversión.

Exceso de información

Y a toda la comedura de coco y al encierro tenemos que sumarle la sobre información. Y es que el panorama del país no pintaba nada bien. Que si lo desolador de la pandemia, la manipulación de los medios, twitter donde leía muchas verdades de lo que realmente estaba pasando… Había días que sufría ataques de ansiedad de tanta información. Hasta el punto en que decidí no leer, no ver, ni escuchar nada más.

Ilde se sentía culpable por habernos venido a Málaga. Según él, él era el responsable de todo. Nada más lejos de la realidad. Evidentemente, yo también tomé la decisión de venirnos. Soy consciente de que ambos arriesgamos mucho en esa decisión, pero bueno, quien no arriesga no gana. Y desde que toda esta pesadilla había empezado, no podíamos evitar pensar que realmente en esta ocasión habíamos arriesgado y perdido.

Una pizca de esperanza

Los días en tiempos de Covid pasaban y parecía que Ilde iba teniendo más noticias de diferentes empresas. Había una empresa en la que trabajaría 100% remoto. Hizo una entrevista con ellos y luego le mandaron una prueba técnica. De esto me enteré más tarde. Ilde no solía contarme cuando había noticias porque según él si lo dice se gafa. ¡Qué contradictorio es el ser humano! Una de las personas más escépticas que conozco y creyendo en esas cosas…

En definitiva, que puede que empecemos a tener algo de suerte después de todo…

Despedida

Hasta aquí esta Historia de una pandemia 2 según Sheila.

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Poco a Poco…

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