Historia de una pandemia según Sheila – Parte 3

Finalizamos nuestra saga de relatos en la que os contamos por qué hemos estado tan despegados de la bolsa estos meses desde que nos mudamos a Málaga. Y lo hacemos con la tercera y última entrega según Sheila.

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Si te acabas de incorporar, échale un vistazo a las entregas anteriores: primerasegunda para saber de dónde venimos.

historia de una pandemia 3

Sin más dilación, os dejamos con Historia de una pandemia según Sheila 3.

En anteriores episodios de Historia de una pandemia:

  • Un regalo gafado.
  • Estoy en plena búsqueda de trabajo en nuestra nueva ciudad.
  • Mi primera entrevista de trabajo y no soy seleccionada.
  • Una academia conocida de Málaga cuenta conmigo para empezar en marzo con ellos.
  • Ilde no tarda en ver el caos que reina en su nueva empresa.
  • Recibo una llamada de teléfono de Ilde.
  • Ilde es despedido.
  • Solicita el U1 y pueden pasar meses hasta que consiga recibir su paro.
  • Comienza su búsqueda de trabajo.
  • Primera entrevista de trabajo de Ilde en Marbella de la cual sale muy esperanzador con la promesa de recibir una oferta el próximo martes.
  • La oferta nunca llega.
  • En marzo empiezo a trabajar en una famosa academia de Málaga.
  • Dos semanas más tarde se declara el estado de alarma y me despiden.
  • Nuestro ánimo está por los suelos.
  • Comienzo el proyecto de traducción de un libro.
  • Damos caña al SEO en el blog y comenzamos con la creación de webs para monetizarlas.
  • Me obsesiono por trabajar más y ver los resultados cuanto antes.

… Había una empresa en la que trabajaría 100% remoto. […] En definitiva, que puede que empecemos a tener algo de suerte después de todo…

Aporreando puertas

Los meses de confinamiento fueron bastante duros para nosotros. Ilde hacía alguna que otra entrevista pero nada llegaba a buen puerto.

Hizo una entrevista para una empresa 100% remoto y a pesar de tener muchas esperanzas puestas en ese puesto, finalmente no se dio. Con cada «no» que recibía nos íbamos hundiendo más y la desesperación y el pesimismo se ponían cómodos en casa dispuestos a pasar una temporadita conviviendo con nosotros.

Llegaron los famosas fases del confinamiento y con ellas algo parecía que se iba moviendo. Ilde solicitaba trabajo en cualquier oferta que veía. Ya ni leía los requisitos de las mismas para ver si encajaba en el puesto o no. Más que ir llamando a puertas a ver si alguna se abría lo que hacíamos era aporrearlas. Pero ni por esas…

Yo por mi parte, a la desesperada, comencé a enviar mi curriculum a sitios diversos. Supermercados, tiendas de ropa, librerías… ¿Experiencia? Cero en cualquiera de esos ámbitos. ¿Ganas de trabajar y echarle un par de narices? Todas las del mundo.

Cambio de pensamiento

Las semanas pasaban y nada parecía encajar con el perfil de Ilde. Su experiencia con empresas españolas nunca ha sido la mejor. Y es que a veces nos empecinamos en algo que acabamos descubriendo que quizás no es para nosotros.

Ilde comenzó a insinuar la opción de tener que buscar trabajo fuera de España. Y con el simple hecho de comentarlo me ponía mala. Yo he vivido fuera anteriormente y no debería suponer un problema para nosotros. No obstante, las cosas cambian, te haces mayor y tus prioridades son diferentes. Tienes en mente un sueño, la ilusión de vivir en tu país, disfrutando del buen tiempo, con una casa con la que has soñado mil veces, y sobre todo… con tu familia cerca.

Y es esto último lo que más me preocupaba. Mi hermano vive con su mujer y sus hijos en Inglaterra, si yo me voy también ¿qué será de mis padres? Cada vez serán más mayores y me aterra la idea de dejarlos solos.

Por eso, cada vez que Ilde me proponía la idea de buscar trabajo fuera me oponía rotundamente. No quiero vivir el resto de mi vida fuera de España, o mejor dicho, lejos de mis padres.

Sin embargo, estaba viendo que por mucho que nos empecináramos en quedarnos aquí el mercado laboral nos estaba ignorando de tal manera que sin darnos cuenta nos empujaba hacía una dirección totalmente opuesta a lo que soñábamos. Ya no era solo el trabajo que no salía. Y claro sin trabajo en España ya no se vive tan bien. Si no que veíamos en lo que se estaba convirtiendo (en lo que se está convirtiendo) nuestro país que cada vez teníamos menos ganas de quedarnos aquí. Ya no veíamos Málaga con los mismos ojos, evidentemente por la situación que estábamos viviendo.

Una tarde estaba leyendo en la cama cuando Ilde se echó a mi lado bastante mal. Estuvimos hablando y fue entonces que me di cuenta que poco a poco mi pensamiento sobre irnos fuera había ido cambiando. Yo me preguntaba hasta cuándo teníamos que esperar a que saliera un trabajo aquí, cuál era la fecha límite. Los meses pasaban y sentía que estábamos perdiendo tiempo, que nuestra vida se estaba desperdiciando.

Si tan solo diéramos el pelotazo con las webs… pero eso no iba a pasar, al menos no tan rápido. Estaba tan agotada de la situación… La gente empezaba a salir a tomarse algo fuera, a comer a las terrazas, pero nosotros queríamos ser precavidos y no nos permitíamos seguir con la vida que llevábamos antes a pesar de poder económicamente.

Así que en ese momento lo vi claro. Tenía que dar mi brazo a torcer y dejar que la vida nos llevara hacia dónde quisiera. Estaba resistiéndome, yendo a contracorriente y nada salía. Así que le dije a Ilde que buscara fuera. Que seguro que algo saldría y que todo estaría bien. Y ese fue un punto de inflexión. El «click» que haría que todo empezara a cambiar.

Un trabajo diferente

Por mi lado, seguía buscando trabajo de lo que fuera. El caso es encontrar algo hasta que todo se estabilizara y las academias volvieran a ponerse en marcha. Y fue así cuando me llamaron un miércoles de junio por la mañana para hacer una entrevista por la tarde para un puesto de teleoperadora. Jamás me hubiera planteado trabajar en algo así pero la necesidad estaba muy presente así que lo intentaría.

El trabajo consistía en vender paquetes de viajes por teléfono. Era una cadena de contactos. Alguien que ya era cliente nuestro nos facilitaba una lista de contactos de amigos, familiares, compañeros de trabajo… y nosotros llamábamos a esas personas ofreciéndoles «la oportunidad de sus vidas». Yo pensaba que no valdría para eso. «Que sí, que tú hablas mucho» me decía mi familia. Pero hablar mucho no es lo mismo que saber persuadir y vender. Sería malísima seguro, pero al menos lo intentaría.

Entramos tres chicas nuevas y al cabo de dos días despidieron a las otras dos y a mi me hicieron firmar el contrato. Por lo visto les gustó que ponía en práctica todo lo aprendido en la formación (tuvimos 4 días de training), que modulaba muy bien y bueno, que en mi primer día vendiendo hice dos ventas.

Igualmente, no es que yo fuera una maquina de vender. Estaba a la altura y llegué a adelantar en cuanto a ventas a algunas de las más veteranas. Pero yo digo que eso era una lotería. Podías currarte la llamada igual de bien con todos los posibles clientes y solo uno compraba o, lo más habitual, ninguno.

Un trabajo frustrante donde los haya. Todas las trabajadoras hablando al mismo tiempo, gritando mejor dicho. Música a todo volumen para animar al personal, donde del reggaeton pasaban al flamenco y entre medias anuncios de la radio. Mi jefa gritando: «Vamoooosss chicaaasss», «Que son las 12 ya y no hay ventaaaas» o «No os escuchoooooooo». Y a todo esto hay que sumarle lo agradable que eran algunos clientes. Os podéis imaginar que tengo anécdotas de todo tipo. Un ambiente de lo más estresante. Eran 4 horas al día pero yo volvía a casa como si hubieran sido 8.

Además, tenía un salario base y luego habían comisiones. Eso sí, para cobrarlas tenías que hacer un número mínimo de ventas, al cual era prácticamente imposible llegar. Y aunque me repetía a mi misma que les gustaba mi trabajo y al menos tenía el salario base (una mi*erda por cierto), no podía evitar sentirme mal los días que no vendía. Yo soy muy exigente conmigo misma y quería dar lo que se esperaba de mí.

Una oferta de trabajo

En julio, mientras seguía con mi trabajo de teleoperadora, una academia contactó conmigo para conocernos. Tuve la entrevista con la dueña de la academia y supe desde el primer momento que le encanté. No tenía nada que ofrecerme en ese momento, pero quería conocerme para tenerme en cuenta por si se diera el caso de necesitar a alguien en el futuro.

Dos semanas más tarde me ofreció un puesto para empezar la segunda quincena de septiembre. Me gustó mucho el sitio, me gustó ella como jefa que por lo que veía era encantadora y me gustaron las condiciones. En agosto ya firmamos el contrato antes de irse de vacaciones y mi trabajo como teleoperadora tenía los días contados.

A día de hoy, octubre, estoy trabajando ahí y hasta ahora puedo decir que es la primera vez que me siento tan a gusto en un sitio. Doy clases por la mañana y por la tarde estoy en recepción. Informo a la gente, cobro, archivo las hojas de inscripción…en fin, un trabajo de secretaria en toda regla. Como siempre digo, en una academia se suele empezar con pocas horas y poco a poco estas van incrementándose. Aquí ha pasado lo mismo, pero las horas que no me pueden ofrecer de clases se suplen con este trabajo de oficina. Y tengo que decir que ¡me encanta!

He descubierto que lo disfruto y como soy tan cuadriculada y ordenada, tenerlo todo bajo control en mi oficina me flipa. Además, creo que la clave está en la variedad. Hacer una cosa por las mañanas y otra actividad diferente por las tardes me gusta mucho. Así que estoy bastante contenta.

La gran noticia

Desde que Ilde empezó a buscar trabajo fuera de España estuvo super liado. Tenía muchísimas entrevistas, incluso dos o tres en un mismo día. Muchos días al salir de la oficina (donde trabajaba como teleoperadora) me iba a la playa. Porque yo no concibo un verano sin playa. Pero otros días era Ilde el que me «obligaba» a ir sin aparente explicación. Si no supiera con la clase de persona que estoy casada, hubiera pensado que me era infiel con tanto secretismo. Pero aunque no me lo dijera sabía que tenía entrevistas y no quería que nada ni nadie se lo gafara (¿os podéis creer semejante tontería?).

La cosa es que en una ocasión sus padres vinieron a Málaga. Tenían que ir a Ikea y el plan era que me recogerían del trabajo, comeríamos juntos y los acompañaría de compras. Ilde tenía una entrevista como casi todos los días últimamente y se iba a quedar en casa. Cuando salí ese día de trabajar vi que mi marido también venía a recogerme y comería con nosotros. No me lo esperaba y me dio mucha alegría, ya que el pobre necesitaba un respiro de tanta entrevista. Yo veía que estaba agotado.

En fin, que cuando íbamos de camino al chiringuito nos distanciamos de sus padres y me dio la gran noticia. «Sheila, tengo trabajo«. Pasaron mil cosas por mi cabeza en un segundo. Primero que era una broma, pero no, no iba a bromear con eso con lo mal que lo estábamos pasando. Y lo siguiente que pensé y le pregunté fue «¿dónde?«.

Yo le había dicho anteriormente que cuando encontrara trabajo seguro que lloraría. Pero no fue así. No me lo esperaba, estaba agotada de la situación y había deseado tanto ese momento que ahora que había llegado me parecía irreal. Me quedé en shock. Sentí como si una mochila pesada que había estado llevando mucho tiempo sobre los hombros de repente se cayó, mi cuerpo estaba ligero como una pluma.

«Nos vamos a Londres» pensé.

Todo pasa por algo

Después de este tiempo he aprendido a que la vida te lleva por sitios que no esperabas y que resistirte a los cambios es una torpeza. Pienso en todo lo que he vivido hasta ahora, los lugares dónde he estado y los cambios a los que me he enfrentado. Todo eso ha hecho que sea la mujer que soy ahora. Y sí, tengo miedos, inseguridades, preocupaciones, pero sé que nos espera un gran experiencia por vivir en Londres.

Por eso no nos arrepentimos de haber dejado nuestra vida anterior. Ilde dejo un trabajo estable y bien remunerado, y yo una zona de comfort con un trabajo que me gustaba y una ciudad rodeada de familia y amigos, pero nosotros no somos dos personas mediocres. Nos hemos arriesgado y aunque pensábamos que habíamos perdido, no hemos hecho más que ganar.

Si no hubiéramos dado el paso de venirnos a Málaga siempre nos hubiéramos preguntado qué habría sido de nuestra vida en caso de haberlo hecho. Pienso que salir de tu zona de comfort da miedo, aterra, pero quedarte en ella te convierte en una persona de «quiero pero no puedo». Y ¡qué leches! Vivimos solo una vez en la vida y añadir Londres como parte de la mía junto a mi marido es un plan que se me antoja interesante.

¿Os imagináis a Steve Jobs, Amancio Ortega o Juan Roig que en su día no hubieran tomado ciertas decisiones por si no le salían bien? Nosotros hemos arriesgado y gracias a eso Ilde tiene un trabajo con unas condiciones inmejorables. Yo flipo con todos los beneficios que tiene esa empresa y es entonces cuando te das cuenta de lo mediocre que somos por estos lares.

Despedida

Y hasta aquí las entregas de Historia de una pandemia. No sabéis lo contentos que estamos de poder compartir esto con vosotros. Eso significa que lo peor ya ha pasado y aunque vengan otros momentos malos en nuestra vida, sabemos que con esfuerzo y ganas podremos salir de nuevo. Esperamos que os haya gustado y no haber sido muy cansinos con el tema, pero, como Ilde ya dijo, nos sentíamos con la necesidad de compartirlo con vosotros.

Aún quedan un par de entradas pendientes en las que hablaremos de reflexiones y aprendizajes que hemos obtenido de todos estos meses, que son unos cuantos.

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Poco a Poco…

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